Loading...

Valle energético

Ya el hecho de sentarse en la galería del parador, rodeado de naturaleza, puede ser un motivo más que justificado para visitar el Valle del Hilo de la Vida. Pero las incógnitas que allí se plantean suelen tentar hasta a los escépticos.

Sobre la panorámica ruta 12, a la altura del kilómetro 346, existe un campo de 53 hectáreas en el cual descansan ciertas leyendas. Todas giran en torno a los 78 montículos de piedra distribuidos por el Cerro Negro y colocados hacia la puesta del sol. El más grande mide 4,50 metros de base por 3,50 metros de alto, pero hay de todos los tamaños imaginables. Algunos se encuentran en ruinas, mientras que otros se mantienen en perfecto estado de conservación.

Su dueño, el médico Gustavo Guerrero, se limita a describirlo como un sitio arqueológico que muestra túmulos hechos con piedras trabadas, unas sobre las otras. Se atreve a echar por tierra también una leyenda centenaria que asocia estas construcciones a un niño con falta de sueño. “La historia local cuenta que el hijo varón de un propietario de hace años sufría de insomnio y salía a hacer estos montículos en las noches de luna llena”.

No existen dudas de que los levantó la mano del hombre. Y según las investigaciones del propio Guerrero, esto pasó hace más de 5.000 años. Sin embargo, aún no se conoce con qué finalidad. No se trata de tumbas, tal como sucede en determinados rituales, lo que acrecienta todavía más el misterio. Más allá de la ausencia de precisiones, que para el propietario responden a una corta vida de la arqueología nacional, el recorrido de 1.800 metros por el predio tiene su encanto. Sin duda el paisaje se roba todas las miradas. Observar la ciudad de Minas desde la cima del cerro, de 342 metros de alto, es tal vez la visual más impactante, aunque también es posible divisar el templo budista y el Cerro Arequita, y distinguir perfectamente el trazado de las rutas 60 y 12 en esa zona. Desde arriba también se aprecia el hilo de agua que recorre el valle en forma de cañada y que le da nombre a este paisaje natural.

El propietario del lugar, quien antes de comprar el campo –en el año 2000– se consideraba un descreído total, no pretende generar ninguna influencia en los visitantes. “Acá lo presentamos como un sitio arqueológico, si decimos que se trata de un lugar sagrado estamos incluyendo la fe y eso ya depende de cada persona. Nosotros guiamos el recorrido y cada uno lo vive y siente como quiere”, aclara.

Lo cierto es que mucha gente se acerca al valle atraída por la fama energética que se le reconoce. En este sentido, Guerrero asegura que se realizaron mediciones para constatar la fuerza del lugar y se pudo comprobar que tiene una alta concentración de energía. Es en este marco que seguidores de distintas religiones y filosofías se acercan para hacer sus prácticas de rezo o meditación. También suelen llegar grupos que realizan disciplinas de autodesarrollo tales como Qi Gong o Chi Kung. La importante presencia de la piedra de cuarzo blanco, con las bondades armonizantes que se le atribuyen, colabora para dotar a este espacio de un poder energizante.

“En otras épocas podría haber sido usada para fabricar puntas de lanzas”, suelta quien en un principio tenía pensado levantar un campamento de niños en el lugar. El recorrido de unas dos horas de duración se hace sentir en algunos visitantes. Para ellos, nada mejor que un descanso en el parador remodelado para tales fines. Tanto al mediodía como por la tarde, este reducto se mantiene alerta: a la hora del almuerzo ofrece un cordero místico, con salsa de vino y puré de boniato, y para la merienda se despacha con alfajores de maicena o la tarta de manzana; todo casero.

Fuente: Revista Paula – El País